Cuando exploramos cualquiera de las vertientes andinas en la Patagonia Austral, recorremos tierra de glaciares. Los que ya no están cavaron hondos valles que hoy son cuenca de hermosos lagos de aguas profundas, alimentados por ríos puros plenos de vida, coloridos y turbulentos.

Los hielos que perduran les hacen un apropiado marco, mientras descienden entre bosques y sin apuro por las laderas de famosas montañas.

Uno de estos valles lo ocupa el lago Pueyrredón, que roza al San Lorenzo al atravesar los Andes, y se encuentra apenas separado del íntimo lago Posadas por una curiosa faja de tierra, recuerdo de uno de los viejos ríos de hielo.

Los lagos brillantes y diferentes tienen entonces la ocasión de contrastar entre sí y con las extrañas tonalidades de las antiguas formaciones de piedra.

En este esbelto istmo, entre ambos lagos y al abrigo de viejos álamos lombardos, entre perfumes de rosas mosqueta, de calafates, de grosellas, corintos y frambuesas, está Lagos del Furioso.